EL FUTURO TAMBIÉN SE CONSTRUYE CON LAS MANOS
Por qué cada vez más jóvenes vuelven a mirar hacia los oficios
Durante muchos años hubo una frase que se repetía casi sin pensar: “Estudia para no acabar trabajando de…”. Después solía venir algún oficio: albañil, fontanero, electricista, mecánico. Como si trabajar con las manos fuese el destino de quien no había conseguido llegar a otra cosa. Como si saber instalar, reparar, construir o resolver una avería tuviera menos valor que hacerlo desde un escritorio.
Sin embargo, algo está cambiando. Y no porque la Universidad haya dejado de tener sentido ni porque trabajar delante de un ordenador sea peor, sino porque una nueva generación empieza a cuestionar una idea que durante demasiado tiempo dimos por hecha: que solo existía una forma válida y reconocida de progresar profesionalmente.
Un reciente reportaje de Rodrigo Terrasa en El Mundo, titulado “Por qué los jóvenes quieren ser fontaneros, electricistas o carpinteros”, pone rostro precisamente a ese cambio. En él aparecen jóvenes que han decidido apostar por profesiones manuales y técnicas después de imaginar para sí mismos caminos muy distintos.
Uno quería ser periodista y terminó construyendo barcos de madera. Otro descubrió su pasión por la electricidad mientras estudiaba Bachillerato. Una joven dejó una empresa de software en Londres para formarse en ebanistería, mientras otra encontró su lugar trabajando como artista fallera. Son historias muy diferentes, pero todas comparten algo esencial: el deseo de hacer, de trabajar sobre algo real y de poder ver el resultado de ese trabajo.
Poder señalar algo y decir: “Esto lo he hecho yo”
Hay una satisfacción difícil de reflejar en una estadística: detectar una avería y resolverla, realizar una instalación, montar un cuadro eléctrico, reparar aquello que había dejado de funcionar o transformar materiales en algo útil. Entrar en un espacio donde existe un problema y salir habiéndolo solucionado.
Al final de la jornada queda algo tangible. Algo que funciona, algo que antes no estaba o que había dejado de hacerlo, y que permite al profesional señalarlo con orgullo y decir: “Esto lo he hecho yo.”
En un momento en el que una parte cada vez mayor de nuestra vida profesional sucede dentro de una pantalla, esa relación directa entre conocimiento, trabajo manual y resultado vuelve a llamar la atención. Pero no se trata únicamente de una visión romántica de los oficios. Detrás también existe una realidad laboral cada vez más evidente.
El informe sobre ajuste entre oferta y demanda de empleo publicado en 2026 por el Observatorio de las Ocupaciones del SEPE señala dificultades para cubrir puestos en sectores clave. Las razones se resumen en tres factores determinantes:
| ✔ | Alta demanda no cubierta: Dificultades estructurales para encontrar perfiles capacitados en la construcción y la industria manufacturera. |
| ✔ | Oficios con vacantes constantes: Ocupaciones con alta empleabilidad como electricistas, fontaneros, soldadores y mecánicos. |
| ✔ | Factores clave del mercado: Falta de candidatos cualificados, necesidad de experiencia previa y escasez de competencias técnicas certificadas. |
Y todo esto sucede al mismo tiempo que vivimos otra enorme transformación del mercado laboral: la expansión de la inteligencia artificial.
Cuanto más digital es el mundo, más evidente se hace que también es físico
La conversación sobre el futuro del empleo parece haberse llenado de algoritmos. Nos preguntamos qué tareas podrá realizar una inteligencia artificial, qué trabajos cambiarán, qué profesiones desaparecerán o qué tendremos que aprender para adaptarnos. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja y todavía estamos lejos de tener todas las respuestas.
La Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos advierte de que medir la exposición de una profesión a la inteligencia artificial no permite saber automáticamente cuántos empleos desaparecerán, cuánto aumentará la productividad o qué trabajadores serán sustituidos.
La OCDE dibuja un escenario igualmente matizado. Sus análisis muestran que las capacidades actuales de la inteligencia artificial afectan de manera muy distinta a cada profesión y que muchos trabajos con un fuerte componente físico presentan actualmente una exposición menor que ocupaciones basadas fundamentalmente en el procesamiento de información.
Esto no significa que los oficios sean inmunes a la tecnología, ni tendría sentido plantearlo de esa manera. Los buenos profesionales también incorporarán herramientas digitales, sistemas inteligentes, nuevos equipos y formas cada vez más avanzadas de diagnóstico. La tecnología también transformará su trabajo.
Pero existe una diferencia importante: por mucho que digitalicemos procesos o automaticemos determinadas tareas, el mundo en el que vivimos continúa siendo profundamente físico.
Seguimos necesitando instalar cables, montar tuberías, mantener equipos, climatizar edificios, comprobar instalaciones, reparar máquinas y resolver averías que rara vez se presentan exactamente de la misma manera. Seguimos encontrándonos con situaciones sobre el terreno en las que alguien tiene que observar, interpretar, tomar una decisión y actuar.
Incluso la economía más digital necesita una infraestructura física que alguien debe instalar, mantener y reparar.
Quizá el problema nunca fueron los oficios, sino cómo aprendimos a mirarlos
Durante muchos años asociamos determinados caminos académicos con el éxito y otros con haber elegido una opción menor. Esa mentalidad todavía pesa, pero los datos empiezan a mostrar una realidad diferente.
En el curso 2025-2026, España superó por primera vez los 1,21 millones de alumnos de Formación Profesional, según los datos publicados por el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes. Se trata de un máximo histórico que refleja hasta qué punto está cambiando la percepción de este tipo de formación.
Eso no significa que exista una batalla entre la Universidad y la Formación Profesional. De hecho, plantearlo así sería perder de vista lo verdaderamente importante. Un ingeniero y un instalador no son enemigos, del mismo modo que tampoco lo son un programador y un electricista. La sociedad necesita perfiles muy diferentes y todos desempeñan un papel.
Lo relevante es que empezamos a aceptar que una vida profesional no tiene un único camino válido y que saber hacer también es una forma de conocimiento.
Porque dominar un oficio no consiste simplemente en utilizar herramientas. Detrás de un buen profesional hay formación técnica, normativa, experiencia, criterio, seguridad, responsabilidad y capacidad para diagnosticar problemas. Hay, además, cientos de pequeñas decisiones que solo comienzan a parecer sencillas después de haberlas practicado muchas veces.
Aprender a hacer
Desde BIOCLIMA Formación esta conversación nos toca especialmente de cerca porque vemos a diario a personas que llegan con una misma intención expresada de muchas maneras distintas: “Quiero aprender a hacerlo.”
Y esa frase contiene mucho más de lo que parece.
Formar a un profesional no debería consistir únicamente en conseguir que memorice conceptos o supere una prueba. En algún momento hay que coger las herramientas, enfrentarse a una instalación real, equivocarse, entender por qué algo no funciona, repetir el proceso y volver a intentarlo hasta conseguir resolverlo.
La teoría es imprescindible, pero llega un punto en el aprendizaje de cualquier oficio en el que el conocimiento tiene que salir del papel y llegar a las manos.
Quizá por eso esta conversación sobre el regreso de los oficios resulta especialmente interesante. No estamos asistiendo a una vuelta al pasado. Todo lo contrario.
La electrificación, la climatización eficiente, las energías renovables, la rehabilitación de edificios, la industria y las nuevas infraestructuras necesitarán cada vez más tecnología. Pero también necesitarán profesionales capaces de convertir esa tecnología en instalaciones reales, funcionales y seguras.
Por eso, quizá la gran pregunta no sea si el futuro será tecnológico. Está claro que lo será.
La verdadera pregunta es quién va a instalarlo, mantenerlo, repararlo y conseguir que funcione.
Porque el futuro también se programa. Pero seguirá habiendo que construirlo con las manos.